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Un poco de crítica no viene mal

Categoría: Anécdotas literarias

2 Octubre 2006

Las argucias de ser poeta. Entrevista con José Luis García Martín

Por Mayra Ibarra

José Luis García Martín (Oviedo, Asturias, 1950) es poeta, destacado crítico y antólogo. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad de Oviedo y director de la revista literaria Clarín. Además de su labor poética recopilada en Material Perecedero (1972-1998), ha publicado varias antologías: Las voces y los ecos, La generación de los ochenta, Selección nacional, Treinta años de poesía española y La generación del 99. Su labor como crítico se encuentra dispersa en diversas revistas y suplementos culturales, mismos que pueden leerse en los libros: La poesía figurativa, Cómo tratar y maltratar a los poetas y Punto de mira. A partir de 1989, comenzó a publicar un diario del que ya han aparecido las siguientes entregas: Días de 1989, Colección de días, Dicho y hecho y Todo al día. Este año formó parte del jurado del Premio Príncipe de Asturias.

Descubrí a José Luis García Martín en un curso sobre poesía española y de inmediato, me atrapó su sensibilidad y rigor para enfrentarse al comentario poético. A los pocos días empecé a escuchar entre mis compañeros diversas opiniones sobre su labor literaria. Luego, a escucharlo como referencia en algún programa televisivo y a leerlo en revistas y periódicos. Más tarde, lo vi directamente en la televisión, cuando se discurría sobre el futuro ganador del Premio Príncipe de Asturias, sentado en una de las esquinas de una gran mesa revisando sus papeles. Antes de entrevistarlo, pensé en una serie de preguntas que pudieran mostrarlo en todas sus facetas y que pudieran ser atractivas, no sólo para los lectores aficionados sino también para lectores no aficionados.

En México, se cree que hay una pugna entre los poetas de la experiencia y los poetas del lenguaje. ¿Qué tan cierto es esto?

También aquí en España existe la conciencia de que hay dos grupos en pugna: los poetas de la experiencia y el otro grupo recibe varios nombres. Unos lo llaman los poetas del silencio; otros, de la vanguardia o del lenguaje, y algunos, han inventado el nombre de los poetas de la diferencia, en cierto modo para rimar con experiencia. Hay menos rivalidades estéticas que personales y de poder social. Desde el punto de vista estético, poetas de la experiencia puede significar algo; pero ahora, cuando tenemos noticia de ellos, a través de los periódicos y mediante generaciones más combativas, se alude a ciertos poetas que han adquirido renombre, a partir, sobre todo, de los años ochenta. Y otros de los años setenta que tenían cierto prestigio han ido perdiéndolo o compartiéndolo con estos otros poetas nuevos. Y este hecho no es un conflicto estrictamente estético.

Es más bien una pugna de poder...

Pugna de poder personal. En México, uno de los ejemplos que tenemos, y lo saben bien, es el caso de Octavio Paz. Un poeta que tiene importancia en todas partes y que, en España, tiene relaciones de amistad con unos poetas y no con otros como Robyana. Y eso hace que en ciertas revistas mexicanas se publiquen unos poetas más que otros. Pero, también, desde el punto de vista estético, Octavio Paz es muy plural, tiene búsquedas en su obra que son más vanguardistas, de caligrama; otros, más tradicionales como Piedra de Sol. Octavio Paz es un poeta que tiene muchos aspectos, pero también representa un cierto poder literario que entra en relación con ciertos poetas españoles.

¿Cómo se ha ido vinculando la poesía con el poder?

El poder es una palabra muy ambigua, tiene muchos significados. En sentido estricto, el poder político ha tenido que prestigiarse. Nadie puede decir: “aquí mando yo, porque soy el más fuerte”, sino el más inteligente, el que apoya más a los escritores. El poder tiene que disfrazarse, aunque sea un poder autoritario necesita una justificación social y el arte siempre le ha dado esa justificación. Todos los dictadores apoyaron el arte o cierto tipo de arte para engrandecerse. También las democracias necesitan dar una justificación, una justificación intelectual. Los intelectuales que han sido, aparentemente, muy críticos, esto es muy reciente, generalmente, han tenido ese doble papel; por un lado, de crítica al poder y por otro, de justificación del poder. En México, por lo que yo sé, después de la revolución mexicana, el caso es todavía más claro. Una buena parte de los escritores y artistas han sido gente financiada por el gobierno, muy dependientes del poder político institucional; algunos buenos escritores y otros menos buenos escritores, pero todos, en buena parte, apoyados por las instituciones.

Ahora bien. Después de haber dibujado el tópico del poder, ¿cómo se inserta García Martín, no como crítico, sino como poeta, entre los poetas de la experiencia y los poetas de la diferencia?

En cierto modo, niego la existencia de esos dos grupos y digo que es más compleja. Reconozco que hay un tipo de poesía que niega a la poesía como literatura, que niega el lenguaje de la ruptura, cierto tipo de radicalismos que vienen de Mallarmé y estos autores. Yo eso lo rechazo un poco. A mí las vanguardias históricas me parecen una anécdota literaria, que aporta algo, pero que no es el único camino y que éste no niega lo anterior. Yo me encuentro, más bien, dentro de una línea que continua ciertas tradiciones y tomo a la vanguardia como una tradición más, no como la única, no como algo que fundamenta una literatura distinta. La poesía que me interesa es aquella que no se queda en las meras palabras, en el significante, en los sonidos... sino que es una poesía con ideas y una poesía enlazada con la historia. En cierto modo, no estoy cerca de la poesía concreta, de la poesía que son meros signos, de la poesía que niega la comunicabilidad.

¿De qué forma maneja ante la poesía estas tres posiciones: poeta, antólogo y crítico?

Sí, pero yo creo que eso no es una cosa especial. Es algo muy común. Es curioso cuando se habla de los poetas y de los críticos... Es que yo no conozco, prácticamente, a ningún poeta que no haya hecho crítica de poesía, mala en muchos casos, pero la ha hecho, aunque sean reseñas para defender a sus amigos, para defender su poesía. Es decir, que es bastante común que el escritor, quien es lector, cultive los distintos géneros, y que no solamente escriba poemas, y no tenga nada más qué decir. Los ejemplos son abundantísimos. Otra cosa es la atención que los demás presentan a esa faceta, le pueden prestar más atención a la faceta poética o a la de crítico o a la de antólogo. En mi caso, se le ha prestado más atención a la faceta de crítico. Quizá porqué no ha sido algo secundario ni algo que hago para promocionarme o para promocionar a mis amigos, si no que ha sido algo que he hecho con cierta seriedad y con unas características propias, dándole lo que exige esa función de seriedad, de rigor, de intento de objetividad. Otros, en cambio, lo que hacen es defenderse y atacar, con el fin de decir cuál es su posición ante la poesía y la de sus amigos.

Utilizar la crítica como herramienta...

Como herramienta para promocionarse, fundamentalmente para pagar y devolver favores. Yo le debo o esta persona es poderosa, pues yo le adulo con mis reseñas, para luego recibir algo a cambio ya sea, pedirle un prólogo para mis libros o pedirle otra cosa, como un intercambio, como una actividad de promoción. Realmente la lucha por la vida literaria es muy cruel y muy dura; porque hay muchos escritores, para ser escritor no hace falta ningún título ni ninguna criba ni ningún examen, cualquier persona puede escribir un libro y puede publicarlo. Entonces, no es condición negativa no saber escribir, sino que, a veces, es mucho mejor. A juzgar por la mayoría, pueden no saber escribir y publican. Pero, claro, el público lector no puede asimilar todos esos libros. Todo el que quiera escribe, pero la gente no los lee. Entonces, luego, hay que hacer la campaña de promoción. Hay que buscar escándalos, ayudas, amistades para esos libros, porque si hay mil escritores sólo se les puede prestar atención a veinte. Entonces, a lo que se presta atención es para estar entre esos veinte, para ésos todo vale y entonces, utilizan todo tipo de recursos para promocionarse, entre ellos la crítica.

Entonces, el que tiene mayor capacidad para promocionarse es aquel que puede adquirir mayor público...

Claro, por ejemplo, tenemos dos poetas del mismo talento. Uno se limita a escribir y deja ahí lo escrito o lo publica y no hace nada y el otro, en cambio, se dedica a llamar, a promocionar, a hacer ruedas de prensa. Se conoce infinitamente más al segundo y menos, al primero. Para que un escritor se dé a conocer, además de que tiene que escribir lo que le interesa al público, tiene que promocionar su producto. El libro es como un producto que hay que vender. Si el producto es bueno y además, tiene una campaña publicitaria adecuada se multiplica el efecto, pero si es bueno y no se promociona, pues es desconocido.

En su caso, cree que ha desarrollado más la crítica y se ha promocionado poco como poeta o ¿cómo vive esto?

Yo no me he promocionado. No he tenido vocación de promoción directa, tal vez indirecta. No me ha interesado mucho, entre otras cosas porque la promoción de literatura va relacionada, hoy en día, con un medio de vida. Es decir, algunos autores han tenido que aprender a promocionarse porque viven de ello: ellos y su familia. No es por un capricho o por vanidad, es porque su libro o su novela tiene que producir un millón de pesetas o dos millones, tres, cuatro, cinco porque tienen que vivir de eso. En mi caso, como no soy un escritor profesional, en ese sentido, no he vivido de lo que escribo, no he pretendido vivir de lo que escribo. Me he despreocupado un poco más de la venta mayor o menor. Luego, hay también otra cosa, hace falta gente. Yo recuerdo que un escritor de Cuenca, Jesús Jiménez, organizó un congreso. Me llamó y me dijo que si quería ir como crítico a hablar de la poesía joven. Me dijo: “Mira, ven como crítico porque, aunque me gusta lo que haces como poeta, poetas tenemos muchos, y críticos se encuentran muy pocos para que puedan venir.” Es mucho más fácil ir a un congreso a leer tus poemas, porque no tienes que hacer nada más que leer tus poemas, los cuales ya están escritos. No es un trabajo. En cambio, si vas ahí para hablar de los demás tienes que prepararlo, leerlo y es más enojoso ir a hablar de otros en vez de que hablen de ti. O sea que para el puesto de poetas hay muchos candidatos en seguida; para el de crítico, con un poco de rigor, hay menos, porque es más trabajoso y el que puede se escapa, es preferible que hablen de él que hablar de otros. Por eso la crítica más general, más de reseña, más periodística suele estar en manos de los que empiezan porque el resto en cuanto puede lo deja, prefieren ser el tema a ser el que habla para promocionar a otros. Mira, a mí me gusta lo mismo una cosa que otra. No me importa. De hecho hablar de los demás me gusta tanto o más a que hablen de mí. Me gusta más, es muy incómodo que hablen de uno.

Claro, es cierto...

Es más incómodo. Yo cuando voy a un sitio me gusta más hablar yo de los otros que estar ahí callado, oyendo que hablan de mí. Es una cosa muy violenta, pero no todo mundo lo entiende igual. Hay algunos que están encantados..., yo recuerdo, incluso muy buenos poetas, un congreso dedicado a Andrade, un poeta portugués muy bueno, eran tres días de pláticas sobre él. Y recuerdo a Andrade los tres días sentado en la primera fila y cuando decían lo genial que era asentía con la cabeza. Yo no podría estar tres días oyendo que hablan de mí, ¡hombre!, me quedaría en casa, me daría vergüenza, pero hay gente que puede estar tres días oyendo hablar sobre sí mismo y tan encantado y tan contento.

Casi siempre los poetas deciden o ser traductores o ser críticos o ser antólogos. En México, se da mucho, en España, tal vez, pero en otros países no tanto: el crítico es crítico, el teórico es teórico y no se mezclan tanto los campos.

Yo creo que también es por la profesionalidad, es decir, que la literatura está muy especializada. Es decir, que en ciertos países, una persona pueda dedicarse a hablar de poetas, es porque es su medio de vida, el cual se paga adecuadamente, se financia y puede ocupar un puesto en la labor literaria y es suficiente, ya sea como traductor o asesor editorial o lo que sea. En otros países como España, supongo en México y en otros, la carrera literaria es muy precaria, quien pretende vivir de ella no puede dedicarse a una sola cosa, tiene que hacer muchas cosas. De cierto modo, en España naturalmente nadie podría ni puede vivir de la poesía, si no tiene otro trabajo no puede ser poeta. Tiene que hacer varios trabajos, tiene que escribir artículos para la prensa, traducir, dar conferencias, es decir, que son un poco las exigencias de la profesionalidad literaria. Por otro lado, a nivel interior, la poesía es una labor literaria muy distinta de la novela o de otros géneros. Un novelista puede dedicarse un año o dos a escribir su novela. Se levanta por la mañana, desde las ocho hasta las tres, puede estar escribiendo y tiene un trabajo para un año o dos, pero el poeta escribe sus poemas a rachas, a temporadas y un poeta, puede ser perfectamente un gran poeta, estar escribiendo un mes y luego estar once meses o el resto del año sin escribir nada de poesía o escribir dos meses y luego, pasar dos años sin escribir. Eso, desde un punto de vista humano, qué hace el poeta cuando no está en una situación de poder escribir poemas, ¿qué hace? Se puede hacer como Pablo Neruda que escribía todos los días poemas, pero eso es un poco absurdo porque cada uno tiene el número de poemas que tiene qué hacer y no tiene sentido repetirse y hacer más poemas que se devalúan. En esos casos se dedica a otras tareas literarias relacionadas con la poesía mientras espera sus propios poemas. Por eso, la traducción de los poemas de poetas que prefieres, desde una perspectiva creativa, o al comentario de poetas también un poco en su línea. De algún modo, un tipo de labor alrededor que le va permitiendo madurar y conocer otras cosas que van a enriquecer, indirectamente, su propia poesía.

¿Qué explicación le daría, desde su propia experiencia como creador, a que en una semana se pueda producir un determinado número de poemas y que después puedan pasar largos lapsus sin que haya ningún tipo de producción?

La poesía funciona así. Yo creo que la labor de creación, en ciertos casos, tiene un trabajo externo y otro interno. Es decir, que, de cierto modo, escribimos el poema cuando ya está escrito dentro de nosotros mismos y luego, ya lo que hacemos es darlo a luz. Hay una especie de gestación, de gestación interior que puede durar mucho tiempo, luego ya lo damos a luz y las correcciones es algo externo. Uno corrige porque una palabra suena mal..., pero el poema ya está ahí. El poema no se puede forzar tiene que crecer dentro de uno esa determinada visión del mundo, hay etapas de maduración interior, donde el poema va creciendo hasta que surge con una serie de vetas y se tienen unos cuantos poemas y luego, ya desaparece y sigue uno creciendo porque hay que tener en cuenta que la poesía ha cambiado y que depende cómo conciba uno la poesía. La poesía cómo se entiende en la época contemporánea, o unas maneras de entenderla, es algo esencial, es algo que, en cierto modo, es un compendio de la literatura que da una visión del mundo que no se puede repetir indirectamente como un artículo periodístico, pero en otras épocas había poesía de circunstancia. Poesía, meramente, graciosa, ocurrente, del momento que se hacía para la festividad de un cumpleaños, en homenaje a la reina, ese tipo de poesía, en cierto modo, ha desaparecido. Esa poesía se puede repetir puesto que es cuestión de oficio. Es aplicar las artes poéticas a un determinado tema, pero, hoy en día, la gran poesía no es así. Los poetas escriben treinta, cuarenta o trescientos poemas como Borges, pero en sesenta años. Entonces, trescientos poemas divididos entre sesenta años quedan muy pocos escritos por año. O sea que tiene que haber otra actividad literaria.

Y claro, después el mismo tiempo va seleccionando esos poemas...

Sí, hay una selección previa que hace uno, pero primeramente es que uno no se fuerza a escribir en cualquier momento; pero también, luego, el tiempo... no se sabe muy bien si el poema ha nacido vivo o muerto. Pasa el tiempo y el poema está ahí y cuando nos acercamos a leerlo de nuevo nos damos cuenta que aquello no funciona, que no tiene algo misterioso que tiene la verdadera poesía y otros sí. Los propios poetas pueden distinguir cuáles son poemas ensayo sobre los cuales nacerán grandes poemas.

Me gustó esta categoría de los poemas que nacen vivos y los poemas que nacen muertos...

También con esto me refiero a que hay poemas que nacen con una fecha de caducidad muy temprana. Es decir, que está bien el poema, pero que pasa un día, dos días, tres días, pasa un mes y aquello desapareció, se desintegró y otros poemas que tienen una fecha de caducidad muy remota, que cincuenta años después siguen siendo vigentes. Los poemas son algo histórico, que está en relación con el tiempo, que existen en el tiempo y dejan de tener vitalidad en el tiempo. Es una obra histórica y, como toda obra histórica, está yendo hacia la destrucción y la muerte y el olvido.

Y los poemas que tengan esa efectividad son los que lograrán perdurar en el tiempo...

Y sabemos que hay poemas que duran un año y luego, pasan de moda, pero otros duran diez, veinte, treinta y se mantienen y éstos son los poemas que realmente importan para la tradición literaria.

Cree que el crítico de una época determinada es capaz de dilucidar ¿qué poetas o qué tipo de manejo del lenguaje es el que va a perdurar?

Es capaz de intuirlo, pero nunca de acertar. Hay un margen de error en todos nosotros, pero en el buen crítico ese margen de error es menor, o sea, que a lo único que puede aspirar el buen crítico es a equivocarse menos, pero a equivocarse, ¿por qué? El crítico no es alguien que esté sobre su tiempo, sino que es alguien que tiene el gusto de su tiempo y que tiene una preparación mayor; pero es un hombre del siglo XIX, lo era Clarín, o del XVIII, y avanza con los prejuicios de aquel momento, pero con una mayor preparación que lo hace que acierte más que otros coetáneos suyos, pero tiene los errores y la miopía del tiempo concreto. Pero la historia se intuye, se va viendo venir. Es decir, que hay un noventa por ciento de probabilidades de que este poeta permanezca y hay un noventa y siete de que este otro no permanezca. Siempre hay sorpresas de algún poeta desconocido que, luego, se rescata, pero son mínimas. En el tiempo presente ya se está escribiendo el capítulo de mañana. El tiempo hará pequeños reajustes, pero, desde ahora, ya podemos ver que escritores van a quedar y cuáles no cobrarán mayor relevancia.

La labor que usted hace como crítico ¿interfiere en su labor como poeta?

Yo creo que la crítica y la creación se ubican en hemisferios cerebrales distintos. Y pienso que la parte que comenta los poemas de otros y la parte que escribe los propios no es la misma parte del cerebro. El creador es uno y el crítico es otro. Yo cuando escribo mis propios poemas no los veo críticamente, sino tiempo después de que los escribo. Los escribo un poco a ciegas y siguiendo la intuición, ya después que ha pasado el tiempo los puedo leer como si fueran ajenos. Por eso, no creo que haya interferencia, pues además yo la parte del cerebro crítica, analítica, mientras que estoy creando, la cierro con llave y de ese modo queda aparte. No interfiere. No juzgo en el momento que estoy escribiendo. Me dejo llevar por la intuición. Una vez que ya está escrito es cuando uno abre la otra parte del cerebro y lo rompe o lo mantiene o corrige aspectos que casi nunca son sustanciales, porque la parte analítica puede mejorar y retocar un poema, pero no puede crearlo. Por eso, hay muy buenos críticos que pueden mejorar la obra de grandes poetas e incluso, no muy buenos críticos pueden mejorar la obra, pero en un pequeño detalle. No pueden crearla. Pero pueden decir: “¡Hombre!, aquí está palabra” porque hay una cacofonía que no se había percibido... El crítico puede mejorar pequeños detalles, pero no puede crear, son aspectos distintos que se dan en una misma persona. Se dan en todas las personas lo que pasa es que hay gente que desarrolla los dos aspectos y hay otras que solo uno.

En ocasiones, la misma capacidad crítica entorpece la intuición...

Creo que se pone a funcionar en momentos distintos. A mí eso me hace mucha gracia cuando ciertos poetas, que también son profesores, o ni siquiera lo son o no son críticos, cuando hablan de su poesía, por ejemplo, en un prólogo, lo hacen como un mal profesor. ¡Hombre! un poeta de sí mismo no puede hablar como si estuvieran comentando a Garcilaso, desde fuera. Eso hay que hacerlo con otras cosas. Lo de uno hay que escribirlo, retocarlo y que el análisis objetivo sea de otra gente. Uno ofrece lo mejor que puede y no habla de sí mismo como un profesor habla de la poesía ajena.

En su libro de poesía reunida 1972 a 1998 titulado Material Perecedero noté algunas constantes en los temas tales como el aburrimiento, el tedio, cierto fastidio ante la vida o desolación, un cierto cansancio...

Lo que hay ahí son muchos años, son veinticinco años o más y en esos años la temática va cambiando. Al leerlos rápidamente parece que todos tiene un aire común, pero va cambiando. El tedio, el fastidio es una cosa de principios de los ochenta, que se ubica en una época determinada.

Yo estuve leyendo diversos momentos de ese libro y...

En mi poesía hay mucho juego heteronímico, de juego de voces que se tiende a interpretar como si todo fuera dicho por la misma voz, pero hay poemas que están puestos en la voz del poeta o en la contractura del poeta y otros en la boca de un personaje e incluso, otros que son pastiches e imitaciones de otros poetas. Es decir, que son ejercicios de un poco disfrazarse de... otros poetas. Incluso hay unos poemas en italiano de Sandro Penna, de Ángel González y es un poco jugar a otras voces. Y luego, en la poesía última, de ese libro, hay muchos poemas que es un personaje el que habla. Ya no es el poeta ni un personaje conocido, pero un personaje. Entonces, en esos poemas hay que tener en cuenta que está dicho por alguien en una situación determinada, ciertas frases que si se interpretan literalmente como propias del poeta, pues se equivoca en cierto modo la lectura. Claro la visión que se da del mundo es una de las visiones que tiene el poeta, pero literalmente no se identifica con él.

No una cuestión de íntima relación, sino un juego también a nivel del lenguaje...

Un juego en donde uno expresa su visión del mundo, y con las anécdotas la objetiva, no son anécdotas biográficas. Hay gente que no entiende cuando se habla de la poesía de la experiencia, como puede contar una anécdota, si hay un tono autobiográfico. La anécdota está inventada para objetivar una idea del mundo. No es que uno se desahogue contando lo que le ha pasado, sino que inventa historias para objetivar ideas, posiciones en el mundo, que de esa manera quedan más claras.

Inventar situaciones de ficción en la poesía ...

Situaciones de ficción que objetiven una cosmovisión, una idea del mundo, unas ideas determinadas que en vez de expresarlas abstractamente “no somos nada”, “el mundo es inconsistente”, cualquier cosa, “no tiene sentido la vida”... La idea es inventar una situación que le permita al lector ir deduciendo esas ideas.

Si usted tuviera que insertar, viéndose un poco desde afuera, su labor poética dentro de una antología, por ejemplo, y ver de qué manera va influyendo en las generaciones posteriores ¿cómo se ubicaría?

No me gusta ser ni juez ni parte. Una veces soy parte y otras veces soy juez. Yo, por ejemplo, nunca me he incluido en ninguna antología, pero otros se incluyen. Incluso para dar un panorama, dice Luis Antonio de Villena, está escribiendo él, “En está época destacan Guillermo Carnero, Pepito, Antoñito y Luis Antonio de Villena”. ¡Hombre!, yo mismo considerarme como si fuera otro, me parece mal, aunque tú mismo creas que deberías de estar ahí, pero cuando tú estás haciendo un panorama tú estás fuera del panorama. No te ves ahí. Son otros los que deben verte y ponerte. No me gusta hacer la actividad de crítico en mí mismo. Son cosas distintas y luego, otros dirán. A veces, uno se considera mucho más importante de lo que es. Uno siempre es importante para sí mismo. Ser importante para los demás tienen que decirlo los demás. Todos los poetas se consideran a sí mismos la cumbre de su tiempo y de su generación y un núcleo fundamental, pero los demás no siempre están de acuerdo con eso. Hay que tener paciencia y si no se está de acuerdo, pues, bueno, hay que aguantarse, y dejar que opinen los demás.

Esto ya habla un poco de la posición que usted tiene...

Todo mundo puede ser vanidoso, pero hay vanidades tontas. Es decir, se puede ser vanidoso, pero no tonto. Puedes pensar que eres el poeta más importante del mundo, pero, bueno, también puedes pensar que todo el mundo piensa lo mismo, ahora esperamos a que lo digan los demás. Por muy buenas ideas que tengas de ti mismo, no vale nada que tú las digas, tienen que reconocerlas los otros. Tú no puedes obligar a los demás a que lo reconozcan. No hay más remedio que aguantarse y no engañarse. Puedes intercambiar favores, tú hablas de éste y éste habla de ti, pero sólo los tontos se caen en ese engaño. Cuando están escribiendo eso y bien sabes que es a cambio de un favor... Y otra cosa que hacen los poetas y de eso, yo me he dado cuenta ahora, es que el noventa por ciento de los homenajes que se hacen a los poetas vivos y demás lo organizan los propios poetas. Lo organizan, le dicen a algún amigo: “Bueno, estaría bien que esta revista no sé qué...” y además, es suya, y hacen la lista de a quién tendrían que pedirle estudios y le llaman a tal amigo y a este otro. Están ellos detrás. A mí no me haría ilusión recibir un homenaje que yo he preparado y que todos los que hablan de mi obra son amigos míos que me deben favores y que por ello, me elogian. Pues eso es muy frecuente, incluso en grandes poetas. No sé qué poeta cubano cuando se peleó con Pablo Neruda, pues comenta de no sé qué homenaje hubo que el propio Neruda era el que pedía los textos y pedía para hacer la gracia suya, para hacerse el homenaje a sí mismo.

Hacer un teatro...

Bueno, no... organizarlo, porque quien mejor que uno mismo para saber quién te debe favores. Y luego finges que no te lo mereces, que no te lo imaginabas, y tú has estado preparándolo. Pero, en fin... yo no participo en eso. En el sitio de cada uno y si te ponen te pondrán y si no pues bueno.

Dejarlo al azar...

Confiar en el azar, que es lo que vale, porque lo otro no vale. Los autohomenajes desaparecen en cuanto tú dejas de manejar. No sirven de nada. Los homenajes verdaderos son los que hace la gente, per se, porque te aprecia, porque valora lo que haces. No porque tú lo manejes ahí a modo de intercambio de favores.

La confianza en la propia labor...

Sí la confianza y el aceptar que lo que uno hace con la mejor voluntad puede ser algo valioso y, bien, puede no serlo, porque hay una cosa que depende de uno y eso, es el trabajo y hay otra que no depende de uno y es el talento. Cada uno tiene el talento que tiene. Claro, todo mundo piensa que tiene mucho talento, pero no es así. Podemos estar equivocados, que hacemos lo mejor que podemos, pero eso puede no valer y hay que jugar con esa posibilidad. No es un hecho que se pueda fingir y menos la poesía, que además, hace tanta gente y son muy pocos los poetas. Por ejemplo, en el siglo XIX, en España, no llegan a media docena los poetas que interesen ahora, y había tres mil poetas. Y del siglo XX va a suceder lo mismo. Van a quedar esos siete en primera fila y unos cuantos más en segunda. Ahora, ¿quiénes van a ser esos siete? No lo sabemos, todos tenemos la esperanza de serlo, pero también hay muchas posibilidades de no serlo. Lo único que resta es estar conformes con haber hecho lo posible y luego, confiar.

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2 Octubre 2006

Fernando Fernández: poeta y editor

«En América preservamos valores hispánicos históricos que en la España moderna han perdido sentido»

Fernando Fernández (Ciudad de México, 1964). Desde hace 2 años vive en Oviedo, donde ha venido desarrollando una importante conciencia crítica sobre el quehacer poético mexicano y español, consiguiendo en su producción un intercambio artístico y estético entre ambas tradiciones.

MAYRA IBARRA
Con las revistas Alejandría (1986-1988), Milenio (1990-1992) y Viceversa (1992-2001), realizó una fundamental labor editorial; aquellos años, significaron una mirada crítica a los ámbitos literario y cultural de la Ciudad de México. Con las publicaciones de los libros de poesía El ciclismo y los clásicos (1990) y Ora la pluma (1999) fue considerado por la crítica mexicana como un poeta neobarroco. La carga paródica, la inocente malicia y la frescura libresca de su poesía lo hacen, en palabras de G. Celorio, heredero de Ramón López Velarde.

―¿Cómo ves la poesía que se escribe en Oviedo?
―Más bien conservadora, escrita sobre un eje hepta-endecasilábico sin ofrecer casi ninguna variación, de un tono en general previsible que tiende hacia la evocación y la nostalgia. Hay otras tendencias, pero la que más se ve publicada y premiada va por esa línea. Me parece que Oviedo es un fortín de la estética de época dominante que impera en España.

―¿Y a los poetas que la escriben?
―Hay varios escritores, no sólo de poesía, que me interesan. Xuan Bello, a pesar de la apariencia de nostálgico incurable, es un autor inteligente que ha adoptado una solución moderna trenzando textos multireferenciales que aparentemente están sometidos a una ruralidad, pero resultan una manera cosmopolita de mirar al mundo. J. L. García Martín es un poeta fino, de cuerda sutil y registro sofisticado. Cumple, además, un papel esencial como animador literario entre las nuevas generaciones. De J. L. Piquero me interesa Monstruos perfectos. Algunos poemas tienen una sinceridad desgarrada sin renunciar a la impecabilidad de su factura. Pelayo Fueyo hace una poesía que se encamina hacia el desnudamiento pero proviene quizás de ciertos lenguajes herméticos. Cuando lo leo pienso que la poesía sirve como un espejo: puedes mirarte en ella pero también puede acabar cortándote. De Silvia Ugidos me gusta sobre todo un par de poemas de Las pruebas del delito en los que dialoga con Antonio Machado con verdadera creatividad.

―¿De qué modo te sientes cercano a toda esta poesía?
―Toda mi vida he tenido un ojo puesto en la tradición española. Desde muy joven me sentí influido por la poesía de este país. En esos años, era estudiante de Letras y me entusiasmaba sobre todo la Generación del 27. Cuando llegué a Oviedo tenía la esperanza de que esa parte mía hispánica pudiera hallar aquí un diálogo que en México no había tenido. Pero la tradición española que a mí me interesa no es exactamente la que interesa aquí. Del 27, por ejemplo, me parece que influyen aspectos más bien periféricos y que su vena principal, la revaloración del barroco y la exploración de la poesía de origen popular, aquí ya no influye como debería. A mí me siguen interesando mucho más Lorca y Alberti que Guillén o Cernuda.

―¿Qué dirías de la influencia de Cernuda en España?
―Cernuda tenía un sentido de rebeldía a flor de piel que conectaba con su temperamento. Su influencia, evidente en algunos poetas jóvenes que lo han leído hasta el cansancio, suele estar carente de esa rebeldía esencial. Me parece que de Cernuda se toma sobre todo su parte confesional y meditativa que paradójicamente resulta lo más exterior. Los poetas que siguen en su estela se han quedado con su plumaje pero han terminado diluyendo su veneno.

―Alguna diferencia entre la poesía que se escribe en México y en España
―En Latinoamérica bebemos de muchas fuentes al mismo tiempo, lo mismo de Neruda que del Arcipreste de Hita o Lorca. Aquí, desde mi punto de vista, se ha impuesto una tradición secundaria, un poco de traspatio, lejana de la vía principal, que pasa por Fernando de Rojas, que venía desde antes del Arcipreste y que continúa en el Siglo de Oro, que salta luego al modernismo y la vanguardia. Es increíble pero ninguna de esas experiencias estéticas gravita sobre lo que se escribe y premia en la actualidad. Se escribe como si nada de eso hubiera sucedido.

―¿Consideras que tu trabajo queda un poco entre las dos orillas?
―Aquí o allá, me siento muy hispánico. De mis cuatro abuelos, tres son asturianos y el cuarto es andaluz, por eso cuando me refiero a mi identidad tengo que decir “español” todavía con más precisión que “asturiano”. Creo que lo que hago tiene una fuerte raigambre española. Es cierto que para el mexicano medio, que es más bien reconcentrado y solemne, mis poemas resultan quizás algo altisonantes. Sin embargo vengo aquí y tampoco soy exactamente de este lugar, porque la vivencia de hispanidad aquí es ya otra. Con todo, por provenir de América, quizás me he alimentado de ciertos valores hispánicos históricos que allá siguen vigentes y que en la España moderna han perdido sentido.

―No en vano tu tendencia neobarroca
―Sí, bueno, el barroco ofrece unos recursos adecuados para expresar la crisis de identidad que supone la cultura española trasplantada a América. Los españoles que van para allá y queman las naves, para utilizar la metáfora cortesiana, ya no pueden volver porque ya no son de aquí, pero también se dan cuenta de que aquello es algo impetuoso e inmenso que los desborda. Los códigos del barroco resultan eficaces para definir una identidad que está en vilo. Me entusiasma esa tradición, la barroca, que en general aquí es vista y oída como una rareza. En ese sentido, también en eso es como si no hubiera habido Generación del 27, cuyos poetas, no debe olvidarse, coincidieron alrededor de Góngora con la intención de darle su verdadero lugar en la tradición de nuestra lengua.

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30 Septiembre 2006

Enrique Serna: entre la historia de México y España

Por Mayra Ibarra

Ganador, en 2000, del Premio Mazatlán de Literatura (Sinaloa, México). Finalista del I Premio de Novela Histórica “Espartaco”, en la Semana Negra de Gijón. El escritor mexicano Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) ―para quien la labor del escritor se define como la de un “encantador de serpientes”― coloca el relato histórico dentro de la tradición hispanoamericana del humor y la fantasía erótica al estilo de G. García Márquez, A. Bryce Echenique y Laura Restrepo; así como de la poco explorada tradición mexicana decimonónica de la novela colonialista de Vicente Riva Palacio y Justo Sierra O’Reilly. La novela histórica Ángeles del abismo (Joaquín Mortiz, 2004) se dará a conocer en el ámbito cultural español en el mes de julio 2005. El pasado mes de abril, en su casa de Cuernavaca, tuve la fortuna de entrevistarlo. Ofrezco al lector tan sólo una muestra de ella.

M: ¿De dónde surge el interés por la novela histórica?
E: Por una necesidad de evasión. En mis obras anteriores, trataba de condensar el espíritu de la época en la que a mí me tocó vivir en la Ciudad de México.

M: Y, ¿entonces?
E: Hubo un momento en el que quise volver a mis orígenes como escritor.

M: Eso, ¿quiere decir?
E: A la necesidad de crear mundos imaginarios o de fugarme a otras épocas de la historia. Así fue como empecé a escribir, primero, El seductor de la patria; y luego, Ángeles del abismo.

M: ¿Cómo te has encontrado en el pasado?
E: El interés por la novela histórica nació de una necesidad de evasión, pero México es un país donde las heridas del pasado siguen abiertas y, por lo tanto, no es posible evadirte mediante la novela histórica. Al contrario, lo que haces es identificar el origen de muchas lacras sociales que siguen vigentes en la actualidad.

M: ¿Cómo se refleja eso en Ángeles del abismo?
E: Es una novela sobre la época de la colonia. En la época de la colonia comenzó lo que se llama el patrimonialismo, que es la idea de que los puestos públicos son propiedad de los funcionarios que los ocupan. Esta idea de poder como un patrimonio sigue vivo en la política mexicana por las corruptelas que todos los mexicanos conocemos.

M: ¿Algo más?
E: En México no ha desaparecido la sociedad de castas. Mi novela, se ocupa de un amor escandaloso para aquella época: el amor de una blanca con un indio. En la época de la colonia había en México toda una complicada nomenclatura racial que dividía a la sociedad en una enorme variedad de castas, que llegaban a tener nombres, incluso, muy pintorescos como: “el no te entiendo”, “el tente en el aire”, “el salta pa’tras”, “el sambo”, ect.

M: Y eso, ¿cómo es actualmente?
E: Ahora, ya no hay esa variedad tan grande de castas, pero sigue habiendo un racismo que todos los días estamos observamos en la actitud de desprecio hacia el indio, hacia el naco, ect.

M: ¿Existe alguna otra supervivencia en México?
E: El estado de sitio de la delincuencia. En mi novela, hablo de cómo los aristócratas novohispanos estaban aterrados, porque no podían salir de noche por las calles de la Ciudad de México. Se arriesgaban a que los despellejaran en la esquina. Esto es algo que sigue existiendo, lo sabemos muy bien los mexicanos.

M: Finalmente...
E: Las mismas desigualdades que existían hace 300 años las hemos venido arrastrando, y eso provoca que haya un sector de la sociedad que ha pasado a formar parte del hampa. Y eso hace que la vida civilizada y pacífica sea imposible en México.

M: Al reconstruir una época, ¿de qué modo entran en juego los géneros literarios?
E: La novela histórica es un género. Es un género que ya tiene una tradición larga. Y en Ángeles del abismo, incursioné en tres géneros: la novela picaresca, la novela folletinesca y la comedia de enredo. Ángeles del abismo es una novela histórica construida con estos tres géneros.

M: Por ejemplo, ¿en cuanto a la novela picaresca?
E: En una novela picaresca el personaje principal es un antihéroe. Suele ocurrir en los bajos fondos de la sociedad. En sus orígenes, con El lazarillo de Tormes, fue una novela de denuncia social y de denuncia política. Una denuncia, desde luego, velada, muy sutil, pero por eso mismo también muy eficaz.

M: ¿Quién es el antihéroe en Ángeles del abismo?
E: Más que uno, son dos. Crisanta Cruz, la falsa beata, una muchacha con grandes cualidades histriónicas que fingía arrebatos místicos para sacarle el dinero a los ricos y que, a escondidas de la sociedad que la veneraba, tenía un amante indio, Tlacotzin.

M: Y, ¿Tlacotzin?
E: Él también es un trasgresor de la sociedad novohispana. Se dedica a cercenar niños dioses a las vírgenes para ofrendarlos a la diosa Coatlicue, la cual está sumergida en el lago de México. Crisanta Cruz y Tlacotzin son los protagonistas de mi novela.

M: ¿En qué suceso histórico te inspiraste?
E: Mi inspiré en unas actas de un proceso inquisitorial del siglo XVII donde se cuenta la vida de una falsa beata, Teresa Romero. De ella extraigo las características psicológicas de Crisanta, aunque, desde el primer esbozo argumental, me di todas las libertades de la ficción. Así pinté los antecedentes de mis protagonistas y los vinculé al mundillo de la farándula para crear una comedia de enredo donde intervienen personajes reales y ficticios. El resultado fue una novela de ficción en un 80%.

M: La comedia de enredo...
E: Siempre tuve admiración y disfrutaba mucho de las comedias de capa y espada de la época del siglo de oro, de Lope de Vega, de Juan Ruiz de Alarcón, de Calderón de la Barca, de Tirso de Molina. Quería hacer un homenaje a ese género.

M: ¿Cómo?
E: Traté de elucubrar cómo hubieran podido ser, si no hubieran existido esas censuras que había para todo lo que fuera el comportamiento sexual. En esas comedias tenían que estar todo eso sugerido. Los adulterios eran simples encuentros de las parejas en una habitación. Eso ya manchaba el honor de un marido o de un padre.

M: ¿Desde la posición de un escritor del siglo XXI?
E: Creo que ese género podría convertirse en algo muy incisivo, muy mordaz, explorando también los laberintos del deseo reprimido, que es uno de los temas de Ángeles del abismo.

M: Y, ¿la novela folletinesca?
E: La estructura que tiene mi novela en capítulos que siempre dejan un suspenso, tratando de mezclar varias tramas, pero siempre con un eje argumental del cual no se apartan. Es un estructura tomada del folletín decimonónico, sin duda.

Tags: entrevista

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