Crítica ecologista o la astucia siniestra de la selva: Horacio Quiroga
(“Cultura” La Nueva España, no. 675, 24 de febrero, 2005)
Por Mayra Ibarra
Hace 78 años, Horacio Quiroga no resistió la noticia de saberse enfermo de un cáncer gástrico. Decidió ingerir cianuro. Apareció muerto en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires. Molière, en 1673, muere en plena representación de la obra El enfermo imaginario, haciendo, según palabras de John Palmer, “la suprema manifestación del espíritu teatral: la obra en la cual el gran comediógrafo pasó de una falsificación de la muerte a la muerte misma”. Asimismo, Quiroga llevó al extremo su ánimo trágico y siniestro. No sólo por el hecho de haberse arrancado la vida, sino porque la última cosa que vio fue un monstruo. Se trataba de Vicente Batistessa, una especie de hombre elefante o Quasimodo residente en el hospital. Durante su última estancia allí, el enfermero oficioso y fiel se transformó en la mente de Quiroga en uno más de sus personajes literarios.
Esta anécdota que bien puede empatar a ambos autores con una experiencia de la muerte en la que es posible hallar los rasgos de la entrega absoluta a la creación, sin distinguirla de la propia vida; ha hecho, en el caso de Quiroga, que el tratamiento crítico de su obra haya puesto el énfasis en el asunto de la biografía trágica. El personaje novelesco que, en mucho, encarnó, por su personalidad áspera y solitaria, eclipsó el interés de la crítica, relegando a un segundo plano la exégesis de sus textos; y por lo mismo, la trascendencia de sus aportaciones a la historia de la literatura hispanoamericana; tal es el caso, de la crítica ecologista o, mejor conocida como “verde”, de la cual es un precursor.
Anaconda (1921) representa claramente este suceso. El narrador se sitúa del lado del mundo de los animales. Las víboras se ven amenazadas por la presencia del hombre. Unos individuos se han instalado en una casa que había estado abandonada para motar ahí un laboratorio científico. Las víboras emprenden una excursión, hasta la casa, para investigar cuál es la finalidad de este hecho que rompe con el orden natural de la selva. Descubren que estos hombres pretenden someter al mayor número de víboras venenosas para fabricar antídotos contra sus picaduras. La propuesta de Quiroga resulta novedosa y visionaria. La intervención del hombre con fines científicos testimonia el tránsito de la sociedad tradicional a las sociedades modernas, caracterizadas por ese afán de dominio y subyugación de la naturaleza en aras de la obtención de un beneficio. La ciencia, entonces, es mostrada en Anaconda como el arma mortal que atenta contra el equilibrio natural. El final del cuento resulta revelador de esto, ya que las víboras, al ver perdida su batalla contra el hombre, deciden internarse en una cueva, lo que significa ir hacia su propia sepultura.
Dentro o fuera del bosque subtropical, Quiroga puede considerarse el gran iniciador de la crítica ecologista. El hombre mal integrado a la naturaleza es incapaz de comprenderla y emprende con sus herramientas científicas una lucha contra ella. Por esto, es posible rastrear en su cuentística las bases de una zoosemiótica contemporánea. En Anaconda, por seguir este mismo ejemplo, la posición del narrador devela al lector las angustias y preocupaciones de las víboras. Ellas son las protagonistas del cuento y por lo mismo, las víctimas del hombre que, con tal de no caer en sus garras, se inmolan. Con ello impiden que los hombres obtengan el antídoto que habría de defenderlos de su mordedura mortal.
La vida trágica y siniestra de Quiroga, en cuentos como Anaconda, La miel silvestre (1912) y A la deriva (1912), se subvierte en la imagen del hombre vulnerable a la naturaleza. Es ella quien tiene el control de la vida humana y no a la inversa. Ni la ciencia con todos sus artificios podrá vencer su fuerza imperiosa e indomable. La visión que presenta del hombre es como la de un ser depredador, egoísta y que ha olvidado que la naturaleza no es aquel paraíso bíblico que proporciona al hombre su bienestar, por el contrario, su peligro es inminente y hasta el sabor más dulce ―como el de la miel― puede ser el veneno más inocente.
Quiroga se aventura en la psicología animal y trata de mostrar el miedo, su inteligencia sensorial y su lucha por la sobrevivencia. En el escenario de la selva se desarrolla la dicotomía ciencia versus naturaleza, o bien, el tránsito de la sociedad tradicional a los procesos de modernización. El hito fronterizo que marcó a su generación, conocida en Uruguay, como “del 900”, tuvo que atestiguar, promover o resistir ―según los casos― lo que algunos estudiosos han calibrado como el cambio más profundo que hayan experimentado las sociedades hispanoamericanas desde su formación en el período colonial: la crisis de la sociedad tradicional.

lau dijo
Engancho con el tema de Quiroga. Jorge Lafforgue defendió a Quiroga décadas atrás, cuando los estudiosos lo consideraban un escritor menor. Ahora me encuentro con que Lafforgue apuesta por un escritor nuevo: Daniel E. San Martín.
El tipo, con una trayectoria de medio siglo, no tiene miedo en decir lo que piensa y levanta a San Martín, que solamente ha publicado un libro (Amoralejas) hasta el momento.
Esto me deja pensando, porque yo que no tengo ningún prestigio para perder nunca me animé a jugarme por alguien que recién empieza. Está bien, ya sé que no me puedo comparar con Lafforgue, soy una lectora nomás; pero justamente, ¿a qué tenerle miedo? Bueno, por todo esto abrí un blog en http://misescritorespreferidos.blogspot.com con la idea de que me hagan conocer a sus buenos escritores aún no difundidos, para que los compartamos y encontremos a los futuros Quirogas, Cortázares y Borges por nosotros mismos. ¿Les parece demasiado delirante?
Los espero,
Lau.
8 Diciembre 2006 | 10:59 PM