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Un poco de crítica no viene mal

15 Octubre 2009

Conversaciones con Edith Laffite

Edith Laffitte (Otoño, 1950). Nace en la Ciudad de México en un hospital de la colonia Roma. Desde pequeña ha tenido inclinación por el arte y la cultura. Sin embargo, le resultó difícil acceder a la Academia de San Carlos. Como muchas mujeres de su generación, se casó joven. Al poco tiempo de casada, nació su único hijo. La experiencia de la maternidad le brindó el color y el sentido a su vida. Dos de sus valores importantes son el amor y la justicia.  La vida y el ser humano le parecen una incógnita por lo incomprensible y misterioso que son algunas situaciones y las respuestas que damos a ellas. Un día decidió optar por la escritura para dar salida a sus recuerdos y experiencias más profundas.

Tuve oportunidad de conocer a Edith hace algunos meses en el café Village de la Condesa. Me mostró su libro (inédito) Palabras para tus sentidos y conversamos sobre un sin fin de temas relacionados con el contenido de sus poemas. La vida, sus sensaciones, la necesidad de expresar a través de metáforas e imágenes aquellos recuerdos que han constituido su transitar por este mundo. La expresión que encuentro en ella responde, en mucho, a un ritmo lírico, íntimo que hace de su escritura un asunto personal y colectivo. A pesar de la singularidad de cada individuo y su unicidad, las vivencias propias pueden encontrar un eco con la vida de otros. Y eso puede ser la virtud de la escritura... hacer que otros se identifiquen y encuentren en la voz profunda de alguien el sonido, las imágenes de su propia existencia. Para muchos, la escritura poética es un oficio, una carrera, una trayectoria para insertarse dentro de un mercado, dentro de un circuito de lectores, dentro de una tradición escritural; pero para otros, la escritura es un ejercicio de autoconocimiento, de expresión de sí mismo, en donde la palabra funciona como un proceso de purga, de sanación y liberación de emociones acumuladas por años. No me interesa juzgar cuál de las dos vertientes es la verdadera, la cierta, la auténtica, la artística. Me interesa la apropiación de los lenguajes artísticos para encontrar el yo profundo, el diálogo con la conciencia y a partir de allí autocrearse, autoregenerarse y salir de la prisión y contarse quién he sido y cómo ha sido eso que soy yo.


¿Qué es lo que te motiva a escribir este libro?

Te explicaré: mi ilusión era entrar a la Academia de San Carlos. La economía familiar no me lo permitió, pues mi papá nos dejó cuando yo tenía ocho años. Yo soy la segunda de seis hermanos; y como yo no quise estudiar otra cosa y nunca tuve ningún respaldo, me quedé sin estudios. Cuando tenía esa edad, nos fuimos a vivir a Veracruz, a casa de mis abuelos maternos. Allá sólo estuvimos dos años, y regresamos a México a vivir a casa de mi abuela paterna y dos tías. En ese ir y venir, sucedió que la misma persona abusó sexualmente de mí en diferentes edades y ocasiones. No encontraba a quién decírselo. Sentí que me faltaba cariño y atención. Mi mamá empezó a trabajar, aquí, en México, y yo me hice cargo de mis hermanos y de todos los quehaceres de la casa; así que estudié porque quise hasta la secundaria.

Mi matrimonio también fue bastante desgastante, pues me casé por salirme de mi casa. Desgraciadamente, con un hombre, hasta la fecha, alcohólico y bastante celoso. Por eso,  me separé de él. Cuando tenía 32 años me dio mi primera depresion. Al día de hoy, sigo viendo a un psiquiatra y tomando medicamentos, porque he tratado de quitarme la vida varias veces. Por todo esto, para mí escribir es esencial. En la esritura puedo sacar todos mis sentidos y externarlos de una forma bella.

¿Quiénes son tus poetas preferidos?

Rubén Dario, Manuel Acuña y Nicolás Guillén. Considero que escriben libremente, siento su expresión actual, directa y clara. Entiendo en su lectura el fin por el cual se dedicaron a la poesía, ya que transmiten su manera de sentir el mundo que los rodea.

¿Qué encuentras en la escritura?

Cuando se empieza a sacar lo que se lleva adentro para aliviar un poco el corazón, es difícil detenerse. Por lo menos, a mí me pasa. Podría pasar horas escribiendo, porque hay mucho dentro de mí. Primero la escritura es un secreto entre el papel y yo, de aquel yo del que nadie sabe nada. Encuentro esto como una oportunidad para compartir mi experiencia. Tal vez, alguien llegue a sentir, tal vez con mi escritura alcance a tocar las fibras sensibles de alguna persona y la invite a reflexionar. De ser así ya logré dos cometidos: desahogar y expresar de un modo distinto lo que me habita y hacer que otro se encuentre en lo que escribo. Así siento que no estoy sola en la vida.

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